lunes, 28 de diciembre de 2009

Prólogo de una historia aun no escrita

Ciertos relatos no tienen que ser contados para conocer cual es su historia. Aparecen en mil formas, con mil estructuras, personajes y atmósferas. Pero superadas las diferencias superficiales, los barnices y máscaras el carozo que asoma es el mismo: el devenir del hombre tratando de descubrir que es lo que le da su condición de tal. Si, todo lo que podamos contar, lo que cualquiera antes contó, lo que hoy cualquiera está contando, y probablemente lo que mañana cualquiera vaya a contar son solo ampliaciones del patético (por vano, inútil e innecesario, ¿o acaso alguien piensa que puede salvar a alguien, cuando ni siquiera puede salvarse a si mismo? ¿Descubrir quien es uno implica salvarse? ¿Salvarse de qué, por dios?) camino mesiánico que recorremos día a día, algunos más, otros menos concientemente.
Ante esta primera revelación, me asaltaron las dudas acerca de por qué escribía este prólogo de una historia aun no escrita, siquiera pensada o imaginada. ¿Tendría sentido, me pregunté, concebir, gestar y parir algo que se vive haciendo (que se hace viviendo), que muchos ya han hecho con mejor o peor resultado, y que definitivamente no va a aportar nada nuevo a una comprensión que tal vez se nos escape siempre?
Afuera llueve tenuemente. Pareciera que la meteorología hace parte del relato, no hay mejor signo de duda que un cielo gris. Es un periodo de tentación, la tentación que siempre está presente en el viaje. La lluvia también. Y mientras las gotas besan mi cuerpo me interrogo acerca de lo que estoy haciendo. Han pasado un par de semanas desde el comienzo de este manuscrito sin encontrar las ideas para seguir (tal vez debiera decir, sin encontrar el motivo, el sentido último de hacerlo). Pero por otro lado, tampoco he podido encontrar paz al verlo incompleto. Dudas y más dudas. Dudas que no se pueden poner en palabras, puesto que no son las peripecias de un gilgamesh, de un ulises o un jesús. La procesión va por dentro; el lenguaje la degrada, lo puedo ver a ello. Sin embargo, no tengo otra espada ni otro escudo. No tengo otro mapa que me guíe.
Todavía no se adonde me va a llevar esto. No vislumbro cual es la forma de este, mi relato, que se gesta en lo profundo de mis entrañas. Ni siquiera se si quiero tenerlo, si estoy movido por las fuerzas de lo alto o realmente nace de mi la necesidad de trasmitir. Pero de una forma u otra se que debo hacerlo, sea por mi o por alguien más. Solo caminando se encontrarán las respuestas que necesito para aclarar el motivo de este viaje, que aunque redundante y probablemente infructuoso, me susurra al oído que merece ser recorrido. No conozco quien es mi villano, quien es el rey que me envía, a que princesa debo rescatar, ni quien es el dador de las fuerzas. No se si encontraré algún adyuvante, si baba yaga, satán o el gigante polifemo intentarán detenerme. Ni siquiera se que forma he de tomar mientras recorro este camino (¿redentor?).
Pero ya no espero, sino que voy a su encuentro.

sábado, 12 de diciembre de 2009

15 minutos de plaza

Niebla rosa, mullida. Espesa, cada tarde su consistencia aumenta a medida la arena cae. Entre los resquicios de piedra puedo ver los ojos. Leones, basiliscos, hienas, lechuzas, cinéfalos; dragones, serpientes, gigantes de un ojo, cuervos, buitres e hipopótamos. Lémures de la noche. Gente que me habla de lugares, y lugares que me hablan de la gente. Malos sueños… y promesas de malas mañanas, sudorosas, llenas de angustia y necesidad de entender. De entenderte. De entenderme. Terrenos ajenos al raciocinio, espinas, áridas tierras yermas. Calaveras, bufones y de nuevo los lémures, todos con sus capas, sus gorgueras y sus elegantes tocados posan, mirando con grandes ojos las migajas que creo mías, que siento mías, pero que ellos no me dejan tener. No me van a dejar tener.
Oscuridad. Ahora es noche cerrada, ahora entré en Su reino, ahora su ciega sirviente teje para ella tramas pardas –de que color, sino, puesto que es noche cerrada- de hilo, de lana y de cuerda. Se que mi destino está dentro, y pienso en las agujas de la muerte, que aunque lentas, nunca detienen su inexorable andar, y pienso en momentos que fueron, que son y que serán, y pienso donde no se debe pensar. Pienso que tal vez te olvidaste todo esto.



En ese momento, el roce tibio de tus labios sobre mi frente. Y vuelvo a quedarme dormido.