sábado, 12 de diciembre de 2009

15 minutos de plaza

Niebla rosa, mullida. Espesa, cada tarde su consistencia aumenta a medida la arena cae. Entre los resquicios de piedra puedo ver los ojos. Leones, basiliscos, hienas, lechuzas, cinéfalos; dragones, serpientes, gigantes de un ojo, cuervos, buitres e hipopótamos. Lémures de la noche. Gente que me habla de lugares, y lugares que me hablan de la gente. Malos sueños… y promesas de malas mañanas, sudorosas, llenas de angustia y necesidad de entender. De entenderte. De entenderme. Terrenos ajenos al raciocinio, espinas, áridas tierras yermas. Calaveras, bufones y de nuevo los lémures, todos con sus capas, sus gorgueras y sus elegantes tocados posan, mirando con grandes ojos las migajas que creo mías, que siento mías, pero que ellos no me dejan tener. No me van a dejar tener.
Oscuridad. Ahora es noche cerrada, ahora entré en Su reino, ahora su ciega sirviente teje para ella tramas pardas –de que color, sino, puesto que es noche cerrada- de hilo, de lana y de cuerda. Se que mi destino está dentro, y pienso en las agujas de la muerte, que aunque lentas, nunca detienen su inexorable andar, y pienso en momentos que fueron, que son y que serán, y pienso donde no se debe pensar. Pienso que tal vez te olvidaste todo esto.



En ese momento, el roce tibio de tus labios sobre mi frente. Y vuelvo a quedarme dormido.