jueves, 7 de enero de 2010

Visión

Yo, Escriba de los Anales, dormía con sueño ligero en el altar del templo, cuando en rapto divino fui llevado al borde del mundo. Sentado allí, la Voz que ordena me habló en estos términos: “Registra, oh Escriba de los Anales, los prodigios que has visto, que ves y que verás, pues en ellos se lee el transcurso de la vida”. Y yo miré y vi que en la colina más alta surgía un hombre de rostro terrible, que miraba el mundo con desprecio, y aborrecía a sus habitantes, y se creía, pues era, superior a todos. Sus ojos eran como llamas de fuego, y con su mirada abrasaba y atravesaba todo, y nada escapaba a su vista. Su boca era fuerte como la de un oso furioso, y su lengua era como una espada, y nada podía resistirla. Su pecho y sus puños eran de acero, preparados para el fragor de la batalla, y sus piernas y pies se asentaban como árboles profundamente enraizados, listos para soportar cualquier embate. Su testuz se asemejaba a la de los carneros de montaña, recia. Sobre su cabeza, descendió una diadema con diez joyas, y con voz de trueno, el hombre gritó: “Ea, bestias que caminan sobre la tierra, reptiles que se arrastran bajo ella, aves que vuelan sobre ella y peces que nadan en las aguas que la rodean, lleguen aquí y ríndanme homenaje”. Y de cada extremo del mundo, del Austro y de Septentrión, de Gog y de Magog se llegaron todas las bestias que caminan sobre la tierra, todos los reptiles que se arrastran bajo ella, todas las aves que vuelan sobre ella y todos los peces que nadan en las aguas que la rodean, y de acuerdo a su rango y jerarquía a su turno hincaron la rodilla y le rindieron homenaje. Luego de ello, el hombre de rostro terrible que miraba al mundo con desprecio y aborrecía a sus habitantes volvió a abrir la boca, para ordenar: “Ea, almas y demonios del inframundo, espíritus que habitan en los bosques, desiertos y estepas, ángeles que miran desde los cielos, lleguen aquí y ríndanme homenaje”. Y desde el fondo de los abismos, desde cada protectorado terrestre y desde el cielo vigilante se llegaron todas las almas y demonios del inframundo, todos los espiritus que habitan en los bosques, desiertos y estepas, y todos los ángeles que miran desde los cielos, y cada quien a su turno de acuerdo a su jerarquía hincaron la rodilla y le rindieron homenaje. Por última vez habló el hombre de la mirada abrasadora, la lengua de espada y los puños de acero, y espetó: “Ea, pues, hombres y mujeres que viven en la tierra, que la horadan con sus ciudades, con sus sembrados y sus ganados, y que se creen superiores a todos los seres, lleguen aquí y ríndanme homenaje”. Y muchos hombres fueron hacia él, seducidos por la grandiosa fuerza de su imagen y sus palabras. Pero surgieron un hombre y una mujer en los extremos más alejados del mundo y crecieron hasta alcanzar casi la estatura del primero que había surgido. Sus miradas eran claran como el agua calma de un estanque, sus bocas cantarinas tenían lenguas como plumas. Sus dedos eran de cristal traslúcido y brillante, y sus pies parecían que no tocaban el suelo al andar. Y con voz parecida a la de cuernos llamando a la guerra comenzaron a pregonar: “Hombres, Hijos de la Tierra, ¿así es como defienden su Divina Libertad? ¡Ea, pues, prepárense pare el combate!”. Y las huestes de los hombres fieles a la Divina Libertad subieron y plantaron campamento frente al hombre de la diadema de las diez joyas, y a la hora del cenit solar le presentaron batalla, aun cuando no tuvieran esperanza. Y cuando al atardecer el hombre de la voz de trueno parecía victorioso, el hombre y la mujer surgidos a los extremos más alejados del mundo tomaron cada uno un ariete, y al unísono cargaron contra aquel, y lo derribaron de un solo golpe. El estrépito fue grande, y yo, Escriba de los Anales, aparté la mirada y dejé de escribir, pues confieso tuve miedo. Mas en ese momento, la Voz que ordena volvió a hablar y me dijo: “Vuelve a mirar, y apunta los prodigios que has visto, lo que ves y lo que verás, pues en ellos se lee el transcurso de la vida”. Y volví a mirar, y vi al primer hombre tendido en el campo de batalla, y sobre él los hombres bailaban y se regocijaban. Una civilización nació y creció sobre él, y se levantaron templos al hombre y la mujer que defendieron la Divina Libertad de los hombres. Esa civilización finalmente cayó, y nuevas civilizaciones se levantaron, crecieron y decayeron, y en cada era el culto se degradó más y más. La Voz que ordena volvió a hablar entonces, y dijo: “Registra, oh Escriba de los Anales, los prodigios que has visto, que ves y que verás, pues en ellos se lee el transcurso de la vida. Ve ahora y pregona lo que has visto entre los tuyos, porque el hombre de rostro terrible que has visto caer solo duerme, y pronto despertará”, tras lo cual un fuerte viento me devolvió al altar del templo. Y mirando la estatua del hombre y la mujer que defendieron la Divina Libertad de los hombres comprendí que sin pelear habíamos de dejarnos encadenar. Y con la revelación del funesto destino, lloré amargamente.

miércoles, 6 de enero de 2010

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Tu rostro. Tu rostro mirándome, enhiesto, altivo, algo indiferente incluso.
Tu rostro. Se agranda, se ensancha, toma volumen, se clona. Se reparte por todo el universo conocido, ocupa los intersticios más pequeños, decodifica cualquier modo de ver la vida. (Aparece a la vuelta de la esquina).
Tu rostro. Se distorsiona, se degrada, se difumina. Se evapora, casi desaparece.
Y antes que caiga en el olvido, vuelve, magnífico, terrible e insondable, incomprensible.
Tu rostro. No entiendo por qué. Solo se que hoy no quise olvidarlo.